El Tercer Tiempo de Los Borrachos del Tablón. Historia viva.

Hacer la previa en la plaza Campaña del Desierto en Palermo, cuando tocaba ser visitantes, o en el Monumental, cuando jugábamos de local, era un espectáculo aparte.

Ni que hablar de la preparación de las banderas y demás elementos para la fiesta en las tribunas, la puesta a punto de la percusión, el viaje en micros escolares cuando correspondía, o la caminata cuando había que ir a Avellaneda o a La Boca, entre otros destinos de Capital.

No hace falta decir lo emocionantes que eran los ingresos a los distintos estadios cantando el característico “LLEGAN LOS BORRACHOS DEL TABLÓN…”, el duelo de hinchadas durante el partido, donde se ponían a prueba la creatividad e improvisación en cada cántico. La salida de la cancha era el momento más sensible, era cuando se producían mayormente los enfrentamientos entre las barras.

Sin embargo, hoy les vamos a contar sobre un momento muy especial que pocos conocen. El Tercer Tiempo de Los Borrachos del Tablón.

Al finalizar cada partido y arribar con éxito a nuestro destino, cuando partían a sus casas la mayoría de los muchachos, un grupo selecto integrado por los más allegados al líder de ese entonces, el Diariero, nos juntábamos a comer en algún tradicional local gastronómico porteño, cumpliendo un verdadero ritual.

El encuentro podía darse en el restaurante El Portugués, en la tradicional pizzería Angelín sobre Av. Córdoba, a la salida del Monumental La Farola de Cabildo y su exquisita milanesa napolitana era muy frecuente, otras veces más hacia fines de mes nos mudábamos a una cuadra de distancia, a La Primera de Belgrano, que tenía excelentes pizzas a un precio más accesible.
Es que había que repartir la cuenta y a los más jóvenes se nos hacía difícil. Formar parte de la barra en ese entonces, significaba tener garantizada tu entrada y tu viaje en micro. Ese era el privilegio. Nada más. Si íbamos a comer, aún siendo los más cercanos a El Diariero, todos debíamos meter la mano en el bolsillo. Más todavía, lo hacían Alan y el Corto, que entre los dos pagaban también la parte de Adrián que nunca tenía dinero.

Pero este artículo no se trata de gastronomía.

De éste particular ritual participaban los hermanos Juan y Huguito Slipak, el Colo Santilli, el Diariero, el Tío Rico, Adolfito de Palermo, Darío Pocopelo, Osvaldito Di Carlo, el Corto, Adrián Rousseau y Alan Schlenker, como los participantes más frecuentes.

Lo importante de esas reuniones cada domingo a la noche, no era lo que se comía, sino el tema de conversación.

En esas comidas se recordaba cómo se habían conseguido entradas por primera vez, por parte del Loco Mingo y Tripa, mediante un engaño (que algún día contaremos aquí). Se contaban anécdotas relativas al Club, a los dirigentes, entrenadores y jugadores. Se revivían combates, como uno en la vía adyacente a la bombonera contra la barra de Quique el carnicero, en la que los de River agarraron un chapón para guarecerse de los piedrazos para así poder ir hacia adelante y trenzarse con los de Boca. Se narraban tantos otros combates, viajes, enfrentamientos con la policía, la interminable lucha con los pungas, la época de la Dictadura, etc. Esos encuentros eran muy enriquecedores. Eran historia viva.

Lo mejor venía después de los Superclásicos, a los que siempre asistían los “viejos”, porque en la cena seguro contábamos con la presencia de alguno, cómo Matute, el Oso, Tatín o algún otro, que nos relataban en primera persona sus hazañas.

Los más chicos los escuchábamos embobados.

Puede decirse que allí se transmitieron los códigos y principios de la hinchada de River desde sus inicios.

Esa filosofía construyó nuestra identidad, marcó a fuego a los más jóvenes y erigió a Los Borrachos del Tablón como la mejor hinchada de todos los tiempos.

Es una historia real.

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